La Invasión

Encendí la chimenea y me serví una copa de Dom Perignon. Era invierno y en la calle estaba nevando. Me senté en el sillón y me quedé contemplando la biblioteca de libros que había atesorado durante largos años. En aquellos momentos me sentía plena, feliz. La calidez del salón, los sonidos de la madera quebrándose en el fuego y su ahumado aroma me confortaban. Había vuelto a encontrar placer en las pequeñas cosas, en lo cotidiano.

Desde hacía unas semanas, en mi soledad, me acompañaba «El niño pez». Un libro que me había encontrado, por casualidad, una noche del pasado verano abandonado en un antiguo callejón, cerca del puerto marítimo. La historia me resultaba singular, estaba contada por un perro y tenía giros imprevistos en la trama que me habían enganchado.

De repente, un extraño ruido se oyó en la terraza. Dos hombres bien vestidos estaban en mi balcón. Al verlos mi corazón comenzó a palpitar con mucha ansiedad. ¿Qué hacían esos hombres allí plantados? ¿Quiénes eran? Un pensamiento se me agarró en las entrañas:

   La puerta del balcón se podía                 abrir desde fuera

Salté como una gacela del sofá para evitar que entraran en mi casa. Pero los acontecimientos se desarrollaron con rapidez y alevosía. Cuando intentaba llegar a la puerta corredera del balcón, los dos hombres se habían multiplicado en muchos hombres, vestidos con trajes negros y azules. Me miraban con expresión inquisitiva, acusadora. Los ojos de aquellos seres estaban vacíos, solo había cuencas huesudas y oscuras.

Intenté frenar la puerta con mis manos, pero aquellos seres ya estaban entrando en mi salón y sujetándome por las muñecas. El miedo era atroz. Cada vez más hombres se adentraban por el balcón y me agarraban por todo el cuerpo. Quería gritar pero no podía, me sentía paralizada y totalmente atrapada por la situación, no tenía escapatoria.

La puerta del apartamento se abrió, y la invasión de cuerpos ya no se podía parar. Estaban por todas partes. Entrando por las ventanas, por la puerta, por los desagües, por las tuberías, por las paredes…la casa se estaba viniendo abajo. Los muros de mi hogar se derrumbaban mientras yo estaba tirada en el suelo; envuelta en cuerpos vacíos, pesados, apesadumbrados, distantes, penetrantes, invasivos.

Abrí los ojos y me desperté, eran las 3:17 de la mañana. Llevaba meses teniendo la misma pesadilla. Apunté en un cuaderno todos los detalles de los que era capaz de acordarme. El sueño se repetía, prácticamente igual, aunque con pequeños cambios insignificantes: los colores de los trajes de los hombres, sus rostros, sus ojos o por dónde entraban a la casa. Intentaba encontrar un significado oculto en aquellos pequeños cambios, sin hallar ninguna respuesta.

Fui a la cocina y abrí la nevera, estaba totalmente vacía. No había nada. Abrí los armarios y los cajones, tampoco hallé nada. Ningún detalle de que allí viviera una persona. Me sorprendí ¿Cuánto tiempo llevaba sin comprar comida? De repente, sentí un fuerte dolor en el estómago. Tenía mucha hambre y no había nada por ningún lado.

Volví a mi habitación y quise dormirme otra vez, pero el hambre era desquiciante y me impedía conciliar el sueño. Regresé a la cocina y, desesperada, registré todos los armarios, los cajones y la despensa. Fui al salón y miré debajo del sofá, en la chimenea, en las estanterías. Nada. Escalé la fachada, como una araña, y subí a la azotea. Allí tampoco había nada.

Era una noche oscura, levanté la mirada al cielo y las estrellas estaban concentradas en su labor, alumbrando la negra noche, en aquella remota ciudad.

El dolor en el estómago volvió a sacudirme, seguía aumentando y era insoportable. Necesitaba comer algo.

Cogí el cuchillo más grande y afilado del cajón de los cubiertos, y una tabla de madera que utilizaba para cortar embutido. Puse mi dedo índice en el centro de la tabla, levanté el cuchillo y lo baje con ímpetu rebanándome la falange. El corte me seccionó el dedo índice y parte del corazón. No sentí nada. La sangre brotaba sin control. El suelo de la cocina, las paredes y la encimera parecían escenarios de crímenes dantescos.

Agarré los dedos cortados y me los comí. Al masticar mis propios dedos en mi boca, una sensación de extrañeza se apoderó de mí. Eran mis propias falanges pero no sentía nada. ¿Eran realmente mis dedos? ¿Habían sido parte de mí? Ahora mismo, estaban en mi estómago ¿Seguían formando parte de mi cuerpo?

Mientras todas aquellas preguntas se agolpaban en mi cabeza, el dolor en el estómago volvió a hacer acto de presencia. No estaba saciada. Quería más. Mire hacia abajo y allí los vi, tranquilos, accesibles, sumisos, feos, divertidos. Los pies, mis pies.

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